Written by 05:20 Blog Views: [tptn_views]

Padre Bazalar: “Hay sectores que le tienen miedo a un gobierno que no les obedezca”

  • El hombre más cercano a Roberto Sánchez acusa a la prensa hegemónica y a grupos empresariales de impulsar un cerco contra la candidatura progresista.
  • El sacerdote reivindica la Asamblea Constituyente y afirma que la Constitución de 1993 consolidó privilegios para las élites económicas del Perú.

 

LIBERTAD, Agencia Informativa / Ciudad de México. – El padre Luis Alejandro Bazalar enfrenta la más férrea operación de sectores conservadores, los más duros de su país, para desvirtuarlo y con ello golpear la campaña de un amplio frente progresista que hoy abandera a Roberto Sánchez Palomino en la contienda por la Presidencia del Perú.

El sacerdote es el asesor principal de Sánchez Palomino, candidato presidencial del progresista Juntos por el Perú y que hoy recorre palmo a palmo los últimos metros de una carrera electoral con la candidata de la derecha, Keiko Fujimori, heredera de una clase política marcada por la corrupción en el país andino.

Desde la posición que hoy ocupa, Bazalar se ha convertido en un personaje clave en la contienda electoral peruana que el próximo 7 de junio, en segunda vuelta electoral entre dos candidatos, definirá el rumbo de un país con más de 34 millones de personas y por eso vive una campaña de desprestigio en su contra para golpear la candidatura de Sánchez.

En entrevista, el sacerdote —absuelto por la Corte Suprema de Perú tras haber sido condenado en primera instancia a ocho años de prisión por un crimen que no cometió— sostuvo que detrás de su caso operaron intereses que jamás aceptaron su cercanía con sectores populares y posturas incómodas para las élites.
Es frontal en sus críticas a los poderosos que quieren cerrarle el paso al proceso de igualdad en su país.

Acusa a la “prensa hegemónica” de amplificar las acusaciones en su contra mientras silenció la resolución definitiva que anuló la sentencia y eliminó sus antecedentes penales, judiciales y policiales. “Condenaron primero y callaron después”, deja entrever.

Así, convertido hoy en uno de los hombres más cercanos a Roberto Sánchez, Bazalar reivindica la candidatura de izquierda como una alternativa frente a un modelo que, asegura, ha profundizado la desigualdad y concentrado el poder económico desde la Constitución de 1993.

Esta entrevista ocurre en medio de un clima de alta polarización política en Perú, donde la campaña de Roberto Sánchez denuncia un “cerco mediático” impulsado por grupos conservadores y sectores empresariales que buscan impedir el ascenso de un proyecto identificado con las demandas históricas de las regiones rurales, campesinas e indígenas.

— Padre Bazalar, usted es hoy una figura polémica, pero también una figura que genera lealtades profundas. ¿Cómo se define usted mismo en este momento de su vida?

Me defino como un hombre que ha pasado por el fuego y no se ha quemado. Soy sacerdote para siempre, según la Biblia, la teología, el Código de Derecho Canónico y la misma Tradición de la Iglesia —lo soy en mi alma y ontológicamente en mi ser, porque la ordenación sacerdotal imprime carácter, en mi vocación, en mi misión—, aunque haya fuerzas, sobre todo la prensa hegemónica, que han intentado arrebatarme la piel. He sido acusado, condenado en primera instancia, dimitido del estado clerical y actualmente he apelado al Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica, señalado públicamente… y, sin embargo, aquí estoy, de pie, sirviendo a mi país desde otra trinchera. Eso no es vanidad. Es perseverancia. Es fe.

— Hablemos directamente de lo que ocurrió. Usted fue condenado a ocho años de prisión efectiva en Ayacucho. Eso es una condena gravísima. ¿Qué pasó realmente?

Lo que ocurrió fue una injusticia de proporciones enormes, y no lo digo yo solo: lo dijo la Corte Suprema de Justicia del Perú. En 2015, un juzgado de Ayacucho me condenó a ocho años de prisión por un delito que nunca cometí. Siete meses después, la máxima instancia judicial del país anuló esa sentencia y me absolvió de todos los cargos. Anuló, además, mis antecedentes penales, judiciales y policiales. ¿Sabe por qué? Porque nunca debieron existir.

Yo ayudé a un joven que atravesaba una situación difícil. Eso es lo que hace un sacerdote. La propia resolución suprema señala que actué como guía espiritual buscando apoyar al joven. Y el mismo joven, en el proceso, dijo —está escrito en el expediente— que yo no hice nada. Esas son las palabras que más duelen y que más me alivian al mismo tiempo.

— Entonces, ¿por qué fue acusado?

Esa es la pregunta que me he hecho cada día durante más de una década. Hubo intereses. Hubo presiones. La propia Fiscalía de Familia levantó un acta de restricción porque detectó que familiares del joven lo presionaban para que cambiara su versión. Pero no solo eso: el joven, con 17 años y 11 meses de vida, le confesó a la fiscal que su familia lo estaba torturando para que cambiara su versión y que ya no soportaba más esa situación, al punto de haber intentado suicidarse porque jamás aceptaron que fuera gay. Eso está en el expediente. ¿Por qué no se investigó eso? ¿Por qué la Iglesia no esperó la resolución de la Corte Suprema antes de sancionarme? Esas preguntas no tienen respuesta cómoda.

— La Iglesia Católica, sin embargo, mantuvo su sanción. Fue dimitido al estado laical. ¿Cómo vive usted esa contradicción?

Con mucho dolor. La Iglesia tuvo su proceso canónico sin que se respetaran mis derechos y ni siquiera esperó la sentencia de primera instancia, una sentencia que la propia justicia civil luego anuló. Cuando la Corte Suprema me absolvió, yo escribí al Santo Padre. Le pedí que mi caso fuera revisado. Que se hiciera justicia también dentro de la institución. Esa carta todavía espera respuesta formal. En todo mi proceso canónico se me dejó en la más grande indefensión; nunca pude tener acceso a mi expediente ni se permitió que me pusieran abogado, todo lo contrario a lo que hacen ahora con el padre Omar Sánchez Portillo.
Pero yo no le guardo rencor a la Iglesia. Le guardo amor. Y le guardo la verdad. Porque la verdad no necesita apresurarse. Siempre llega. Todo llega para quien sabe esperar.

— ¿Se siente usted víctima de un sistema?

Me siento víctima de una cadena de decisiones apresuradas y de una cultura institucional que prefiere la apariencia de orden al ejercicio real de la justicia. Pero no me quedo en el victimismo. El victimismo paraliza. Yo decidí transformar esa experiencia en misión. Si yo puedo ser destrozado públicamente por una mentira y sobrevivir para contarlo, entonces tengo algo que decirle al Perú sobre la impunidad, sobre los inocentes que no tienen voz, sobre cómo funciona realmente el poder en este país.

— Usted hoy está cerca del candidato Roberto Sánchez. Lo acompaña, lo asesora, lo guía espiritualmente. ¿Cómo nació esa relación?

Nació de la autenticidad. Roberto Sánchez es un hombre de convicciones. Yo lo observé durante tiempo. Vi cómo defiende a los que nadie defiende, cómo no cambia su discurso por conveniencia electoral, cómo no le tiene miedo a decir verdades incómodas. Eso me recordó algo que aprendí en el Evangelio: el que busca complacer a todos no sirve a nadie. Y cuando nos conocimos personalmente, encontré a un hombre íntegro, con fe, con una visión clara de país. Me pidió que fuera su confesor, su guía espiritual, y acepté con honra.

— Los medios lo han señalado como parte de un “entorno cuestionado” alrededor de Sánchez. ¿Qué responde?

Respondo con una pregunta: ¿cuestionado por quién? Por los mismos medios que no contaron la absolución de la Corte Suprema con el mismo escándalo con que contaron la condena. Por los mismos poderes que le tienen miedo a un gobierno que no les obedezca. Yo fui absuelto. Tengo la resolución en mis manos. Si algún medio quiere debatir con la Corte Suprema de la República, que lo haga. Yo ya no tengo nada que defender ante esa tribuna.

Lo que sí tengo es una misión. Y esa misión hoy pasa por acompañar a un candidato que puede cambiar la historia del Perú.

— Hablemos de política, entonces. ¿Por qué Roberto Sánchez y no otro candidato?

Porque Roberto Sánchez representa algo que el Perú no ha tenido en mucho tiempo: un proyecto político que parte desde abajo. Desde el campo, desde la sierra, desde los que madrugan a trabajar y no llegan a fin de mes. KeikoFujimori representa un modelo que ya lo conocemos —lo conocemos demasiado bien— y sabemos a quién sirve. Roberto propone algo distinto: un Estado que trabaje para su pueblo, no para sus corporaciones de poderosos.

— ¿Apoya usted la propuesta de una nueva Constitución?

Absolutamente. La Constitución del 93 fue escrita bajo una dictadura. Fue diseñada para proteger intereses económicos concentrados, no para garantizar derechos de las mayorías. Un país que tiene la riqueza natural que tiene el Perú y que mantiene niveles de pobreza como los que tenemos, tiene un problema estructural. Y ese problema estructural está en las reglas de juego. Una nueva Constitución no es una amenaza para nadie que no tenga miedo a que el pueblo peruano decida su propio destino.

— Se habla mucho del indulto a Pedro Castillo como propuesta de Sánchez. ¿Usted lo respalda?

Respaldo la justicia. Y para hablar de justicia hay que ver los hechos con honestidad. Pedro Castillo llegó al poder desde las zonas rurales de este país, representando a millones que nunca habían sido representados. Lo que le ocurrió después fue una combinación de sus propios errores y de una persecución política que no le dio tregua. Un expresidente preso, con procesos que muchos juristas cuestionan… eso merece una revisión. No por simpatía política, sino por respeto al debido proceso. Yo, mejor que nadie, sé lo que significa ser condenado injustamente.

— ¿Y la propuesta de Asamblea Constituyente? Hay quienes dicen que eso generaría inestabilidad económica.

Los que dicen eso son los que se benefician de la estabilidad actual. Una estabilidad que es cómoda para pocos y precaria para la gran mayoría. La Asamblea Constituyente que propone Roberto Sánchez no es un salto al vacío: es un proceso democrático, ordenado, donde el pueblo decide. Chile lo hizo. Colombia avanzó en esa dirección. Bolivia redactó su Constitución. El mundo no se acabó. Lo que sí cambió fue la distribución del poder. Y eso —eso sí— le incomoda a ciertos sectores.

— ¿Qué rol tiene usted concretamente en la campaña de Sánchez?

Soy su guía espiritual y confesor. Lo acompaño en los momentos de mayor presión porque gobernar un país —o intentarlo— es una carga enorme que requiere fortaleza interior, no solo estrategia política. Pero también dialogo con él sobre el país, sobre su visión, sobre cómo construir puentes entre el proyecto político y la realidad de la gente. No soy su asesor de campaña ni pretendo serlo. Soy, como siempre he sido, un pastor. Y este pastor hoy camina junto a un candidato que tiene algo genuino que ofrecerle al Perú.

— ¿Qué le diría usted a los peruanos que dudan, que tienen miedo de votar por Sánchez?

Les diría que el miedo es una herramienta política. Que alguien está usando ese miedo para que ustedes voten en contra de sus propios intereses. Les diría que el Perú merece una oportunidad real de cambio, no el regreso de lo mismo con diferente nombre. Y les diría lo que aprendí en carne propia: que juzgar a un hombre antes de conocer toda la verdad es el primer paso hacia la injusticia. Conozcan a Roberto Sánchez. Escúchenlo. No a través de los titulares que le fabrican sus adversarios. Escúchenlo a él.

— Para cerrar, Padre Bazalar: después de todo lo que ha vivido —la acusación, la condena, la absolución, la dimisión del estado clerical, su actual apelación al Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica, la vida pública—, ¿qué le queda?

Me queda la fe. Me queda la convicción de que este país puede ser mejor. Me quedan las personas que, en los lugares más remotos del Perú, me abren la puerta y me dicen: “Padre, rece por nosotros”. Esas personas no leen los titulares. Esas personas viven la realidad. Y esa realidad es la que Roberto Sánchez quiere transformar.

Me queda, sobre todo, la certeza de que la verdad —aunque la demoren, aunque la torturen, aunque la encarcelen— siempre llega.

Fuente: Diario Impetú

 

Close